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Carné de lector

Desde que tengo uso de razón y aprendí a leer, leo. Desde que me recuerdo, siempre me he visto con algo para leer en mis manos. Pillaba para leer todo lo que encontraba: folletos, libros de diversos tamaños o incluso las etiquetas de los champús. En el colegio me gustaba coger alguno de los libros que había en el aula y ponerme a leerlo. Todavía recuerdo disfrutar con lecturas como los cuentos de los hermanos Grimm o el jardín secreto. O, incluso una versión de la bella durmiente que poco tiene que ver con lo que nos ha vendido Disney.

En el instituto todo el mundo me conocía por llevar siempre un libro en las manos. Los profesores se asombraban de encontrar a alguien que le gustara leer. Mis compañeros me consideraban la rara. Una de las preguntas que me hicieron fue precisamente, «¿cómo te puede gustar leer?», pero a la hora de hacer exámenes de alguna lectura puntual, a la que buscaban para que les hiciera el trabajo era a una servidora. Si resultaba que había leído el libro y me había gustado, tampoco me importaba demasiado.

Ahora, a mis veintitantos años y, desde que comencé la universidad, mi hábito lector, si bien ha estado ahí, ha pasado por momentos de bloqueo y pereza. El tener la mente ocupada en otros asuntos ha afectado significativamente a la lectura y todavía tengo secuelas. Ahora que estoy algo más ociosa, noto que la motivación lectora va regresando, pero he notado que el ímpetu de la infancia/adolescencia ha ido diluyéndose y se echa de menos.

En los últimos años he descubierto la afición de los blogs, aunque también se está extendiendo a las redes sociales e incluso el formato blog va tambaleándose, aunque no al punto de estar pasado de moda, como sentencian muchos. A pesar de ello, procuro seguir aquí porque al fin y al cabo, me gusta compartir mis impresiones sobre las lecturas que yo elijo, leo y reseño, aunque también hay sitio para otro tipo de entradas. Me daría mucha lástima perder este pequeño lugar y mientras haya un mínimo de motivación, aquí estaré.

Por ello, me da mucha pena que una pasión como es la lectura haya personas que consideren esto como una competencia al mejor lector. Es decir; desde acumular un sinfín de libros que nunca se leerán, porque es más importante la imagen externa que la interna hasta mirar por encima del hombro por el tipo de libros que alguien lee. Para mi no existe el mejor ni el peor lector.

No eres peor lector porque no te guste la poesía —como es mi caso, por ejemplo—, no eres peor lector porque prefieras un género determinado, no eres peor lector porque haya clásicos que no te hayan gustado o no quieras leer por diversos motivos, no eres peor lector porque leas los libros que te llaman, aunque sean de editoriales comerciales y no de editoriales independientes. Y no eres mejor lector por tener una colección de libros ordenada por colorines y adornada con muñequitos, como tampoco eres mejor lector por tener la estantería de aquella manera ni por leer libros en digital o escuchar audiolibros.

Por eso, me gustaría que algún día y, sintiéndome idealista por un rato, la gente dejara de repartir carnés de lector por no encajar en sus determinados gustos. Si hay un mejor lector, es sin duda, el que simplemente coge un libro, el que sea, lo lee y se evade de todo lo demás. Si no te gusta el libro, pues puedes abandonarlo y buscar otro, ¡será por libros!

Hasta aquí, mi pequeña reflexión de hoy.

Un comentario sobre “Carné de lector

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